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El día después… fue ayer

El 31 de diciembre de 2019 (hace tres meses, ¡tres!), China alertaba al mundo de la aparición en Wuhan de los primeros casos provocados por un virus, que poco después recibió el nombre de COVID-19. El 31 de enero se localiza un primer caso en España, un Alemán aterrizado para pasar sus vacaciones en La Gomera.

Un mes. Desde el reconocimiento de China –gobernada, no lo olvidemos por un régimen comunista a fin de cuentas– hasta que el bicho llegó a España transcurrió ¡un mes!

Rescato de un artículo de El Mundo que el segundo afectado aparece en Mallorca y, todavía aparentemente pronto, llega un primer toque de atención: el día 12 de febrero se cancela por fin el Mobile World Congress.

Quizás fue el primer evento internacional en suspenderse, a pesar de las llamadas a la calma de las autoridades, que no veían la decisión de los organizadores fundamentada en razones sanitarias.

La verdad es que el pinchazo del MWC me dejó frío: yo tampoco veía claras las explicaciones que se ofrecieron, pero en el momento en el las grandes empresas del sector se bajan del mayor escenario mundial de tecnología móvil, comenzando por las asiáticas…

Llegan los primeros contagios, en torno al 24 de febrero. Todavía se escucha a un tal Fernando Simón predicar la paz y tranquilidad, el “que no cunda el pánico”, desde su atril, con su mirada clara y sus pelos estudiadamente caóticos. Y el 4 de marzo, el primer fallecido.

En una agenda de aquellas que utilizábamos antes –yo las compraba o buscaba de día por página– aparecía un refrán del que siempre me he acordado: “Cuando la rueda de tu carro se haya roto, muchos te dirán por dónde no debías pasar”. O, en versión local, a toro pasado es muy fácil soltar en una sobremesa cargada de botellas vacías de vino el “yo ya os lo dije”. 

Sin embargo, el ciudadano español de talla estándar, el que calza un 42, mide algo más de metro setenta y trabaja en algo “normal”, el acceso a la información es el que es y sus fuentes son las que son. No sucede lo mismo con expertos y dirigentes.

Abro paréntesis (me encantan los paréntesis). Me refería hace unos días que en España somos muy poco exigentes al elegir a nuestros gobernantes. Bien, parece que Reino Unido también lo es y Estados Unidos también.

Nos equiparamos a dos “democracias avanzadas” (estoy harto de que algunos busquen constantemente el contraste de España con estos “ejemplares” países de nuestro entorno) y resulta que el avance hace años que se detuvo. Bien, pues estos políticos españoles que hemos colocado al frente del Gobierno no movió un dedo hasta que la catástrofe fue inevitable. Eso sí –y perdonad el lugar común– después de la manifa del 8 de marzo.

No es sencillo tomar decisiones del calado de confinar a la población de un país de cuarenta y pico millones de habitantes. Imagino que a las razones ideológicas se suman las presiones de la economía y otras, que pueden resultar insoportables.

Después de escuchar a nuestros dirigentes decir digo y después diego, me reafirmo en mi idea de que los grandes hombres de estado se han diferenciado de los gobernantes mediocres por su capacidad de decidir en momentos de incertidumbre y arrancar con su liderazgo la adhesión incondicional de millones de personas. No voy a recordar ahora a un primer ministro británico –me da la impresión que mitificado– si no a su predecesor: Neville Chamberlain. ¿Le temblaban las piernas? Como a otros ahora.

Por eso, todas las medidas que se han tomado han llegado tarde y mal. Incluso las que pretenden preparar el día después. A pesar de que hay que reconocer –así lo hacen hasta los más críticos con la gestión de Pedro Homilías Sánchez– que no se ha equivocado en todo, el día después fue ayer. Y ayer no quisieron hacer nada. Nada.

Lo peor se llama Pedro y se apellida Sánchez

Me referí al actual presidente del Gobierno hace unos días, pero como dispone de poco tiempo para ganar –no lo ha conseguido todavía– unas elecciones, su gabinete parece una agencia de publicidad.

Desde que se hizo con el poder gracias a un acuerdo a no se cuántas bandas, le hiperactividad de los socialistas es inquietante, principalmente porque cada vez que abren la boca es para sacar de su jurásico arsenal ideológico alguna iniciativa o propuesta peor que la anterior.

  • Gastará más.
  • Subirá –claro– los impuestos a todo el mundo: empresas, clases altas y, cómo no, clases medias y bajas.
  • Con lo anterior, conseguirá ralentizar la actividad económica y, por tanto, la creación de empleo, etc. Medidas de la izquierda más ortodoxa y petarda que han demostrados su ineficacia cada vez que se han tomado.
  • Ya ha abierto la puerta a la eutanasia, el ingrediente de ingeniería social que les faltaba tras las desastrosas etapas de Felipe González y José Luis Rodríguez.
  • También ha proyectado su siniestra sombra sobre la educación. El resumen es que es el estado quien educa a tus hijos: ataque a la escuela concertada, a la enseñanza de religión y la nueva asignatura para configurar “correctamente” los cerebros de nuestros hijos.
  • ¿Y qué ha pactado con los nacionalistas? Lo cierto es que no lo sé, pero me lo puedo imaginar. Algo que ver con los presos de ETA y los actuales políticos catalanes pendientes de juicio, diálogo mientras los nacionalistas que ocupan las instituciones insultan día sí y otro también a España y los españoles…
  • En este último punto, contrasta la inutilidad de Rajoy con el regate en corto de Sánchez, pero hay un asunto que está claro: los independentistas, con más o menos tino, desean la independencia. Por eso, el diálogo solamente puede circunscribirse a asuntos muy concretos.

Son algunas de las cosas que me horrorizan de este gobierno. Ya no es pensamiento líquido: es gaseoso y superficial. Porque –que nadie se engañe– a Sánchez únicamente le interesa gobernar para acabar de destrozar la sociedead. Y lo demás le importa un pito, por eso pagará los peajes que sean necesarios.

¿Quien teme a Podemos?

No es difícil responder a esta pregunta: basta ver las encuestas y escuchar a los líderes de lo que Pablo Iglesias denomina “la casta”. Ayer, el nuevo y flamante ZP destapó –hay que tener valor– la “pinza” que el PP y Podemos están tendiendo al PSOE: “Denuncio la gran coalición que se está produciendo entre los extremos, porque hay un partido que se frota las manos ante el auge del populismo en España”.

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