Categoría: Así somos

El banco, como el confesionario: las preferentes

Me comentaba un experto en economía y ética: “Te lo dice algún empleado de banca: mi despacho es como un confesionario“. Y es que por ahí pasa gente de todos los pelajes: jóvenes, mayores, más o menos acomodados, gente con y sin formación… Venía a cuento de una conversación sobre la responsabilidad de los bancos en la crisis, de las chapuzas y errores cometidos, de la frivolidad y falta de profesionalidad con la que se han gestionado, las preferentes… Pero me quedé con lo del empleado…

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Poder, dinero, desigualdad y empatía: cuanto más, menos

Daniel Goleman, autor de La Inteligencia emocional, escribía hace unos meses en un blog del The New York Times una entrada en que mostraba su preocupación no únicamente por la creciente desigualdad, sino también por otra brecha que se abría entre los que más tiene y los que menos: la incapacidad de los poderosos para sentir empatía.

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Me han robado la cartera

Bueno, a mí no, a mi padre. Estaba esperando en el coche con las ventanas abiertas, en el asiento del acompañante, y ha aparecido un tipo que le ha distraído mientras otro, por la otra ventana, la cogía del salpicadero.

Hace unos meses, en una iglesia, le robaron a mi madre el ordenador. En fin.

Mal está Barcelona. En cualquier lugar te dan el disgusto. ¿Cuántos teléfonos han volado mientras la gente se toma una caña en la terraza del bar? Cientos. Es otro ejemplo.

Ya sabemos cómo está la economía, pero siempre da un disgusto que te roben o te atraquen. A mí me sucedió una vez, hace veinte años, en el andén de una estación de metro. No había apenas gente y, entonces, tampoco cámaras de seguridad, de modo que se acercaron cinco o seis tíos y me pidieron todo lo que llevaba encima.

Se lo di, ciento cincuenta y pico pesetas, pero también quisieron quitarme la medalla que colgaba de mi cuello. Ahí me negué. Era un recuerdo de familia y con esto, amigos no se juega. A pesar de amenazarme con sacar una navaja, me planté y me dejaron. Debían ser novatos.

Pues eso. Ahora, si cojo el coche, seguro puesto y se acabó. Si estoy en un bar, teléfono en el bolsillo. Y si quiero dar limosna o ayudar a alguien con mi dinero, lo hago, pero elijo yo, no otros por mí.

¿Todavía hay coches sin intermitentes de serie?

Lo digo porque en la ciudad, podría dar esta sensación. Al menos, yo la tengo. Sí, compras un coche con el equipamiento básico, sin aire acondicionado ni intermitentes. No sé, tal vez, con tanto recorte, los fabricantes han tenido la idea para abaratar costes…

Bromas aparte, la realidad es que conducimos muy mal. Vamos a nuestra bola, como tiburones y que se jod… el de al lado. Tal cual. Es la selva. Y así nos va, claro. De hecho, es un reflejo de la sociedad.

No estoy del todo de acuerdo en que la gente cuando sube al coche se transforma. Más bien, lo que creo que sucede es que sacamos lo peor, protegidos por el anonimato y la sensación de protección que nos ofrece el coche.

Ejemplo: al mismo tipo con el que me he peleado circulando por la ciudad, lo saludaré amablemente si me topo con él paseando por el campo, cómo no, ahí nos portamos casi todos de modo civilizado. ¡Qué hermoso!

En fin, que me han tocado la moral y me he desahogado un poco con este post, ya me perdonaréis.