Coronavirus: ¿en manos de quién estamos?

No fui capaz de soportar el sábado la reaparición del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Logró acabar con mi paciencia en apenas un cuarto de hora largo, larguísimo, en el que no logró articular una exposición medianamente coherente (ni siquiera podía con las concordancias lingüísticas) y exponer alguna idea o dato nuevo.

Se trató, en mi opinión, de un intento que se movía entre la autojustificación y el intento (inútil) de aglutinar en torno a su (supuesto) liderazgo a todos los españoles. Y, al día siguiente, una segunda dosis de vaguedades sensibleras sustentadas en un vació conceptual.

En este país somos muy poco exigentes con nuestros políticos. El sistema de partidos lo favorece, claro, aunque Sánchez se encaramó al la secretaría general del PSOE desafiando al aparato y a las vacas sagradas. Ese es su mérito y virtud: la perseverancia. Pero mirando a izquierda y derecha, a los que están en primera línea, en segunda, en Madrid o en Barcelona, Valencia, Valladolid o Galicia, a nadie con las condiciones necesarias para dirigir la nave en esta galerna que nos azota.

Como siempre dice un amigo, “mira los datos”. Y tiene razón, porque el dato no lo es todo, pero permite analizar con la cabeza fría el panorama y tomar decisiones. Después ya se aplican las correcciones necesarias, pero con buena información la estrategia cuenta con la solidez necesaria para tener más posibilidades de acierto.

La tormenta se acercaba y nadie hizo nada

Las crisis sanitarias en China e Italia ofrecían diferentes tipos de enfoques. China, como dictadura, ocultó información probablemente, al resto del mundo (por supuesto, también a los mil y pico millones de habitantes).

Pero Italia… Lo de Italia es diferente. De nuestros vecinos sí que se hubiera podido aprender, escarmentar en cabeza ajena y prepararnos para la tormenta. No lo hicimos y a la vista está. Esperamos. El Gobierno de España y los gobiernos autonómicos. Nos mintieron una vez más repetidamente.

Somos tan burros que esperamos que cayera el primer rayo y nos fundiera para tomar alguna medida. Y la previsión anunciaba tormenta, tormenta y de las que hacen historia. La borrasca se acercaba desde Italia y no supimos reaccionar para evitar el desastre.

Lo dicho. Decía mi abuelo, cuando veía las noticias, que España es un país de burros. Pues eso. Nunca se me ha olvidado y lo suscribo. No todo el mundo, puesto que gente que vale “haberla, hayla”, pero huyen de la política. Pues burros. Somos, efectivamente, colectivamente, un país de burros.

El futuro no pinta mejor

Nadie se atreve a pronosticar cuánto queda. Volviendo a los datos, que no son demasiado fiables por el caos de la gestión, ningún experto da un paso al frente para pronosticar en qué momento la tan manida “curva” de contagios tocará techo. Lo que parece cierto es que nos vamos a encontrar con un paisaje devastado y un horizonte muy sombrío, entre otras razones porque seguirán los mismos al frente de las instituciones.

Echo en falta a la oposición. Me parece correcto y necesario apoyar al ejecutivo de Sánchez, pero no deben entregarle un cheque en blanco. Su trabajo debería dirigirse a controlar las medidas que se están tomando, su eficacia, ejercer con sus preguntas incómodas la presión necesaria para que el Gobierno actúe con eficacia. Y no lo están haciendo. Odio esta expresión, pero con buenismo no se solucionan los problemas.

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