Un mundo epiléptico

El planeta en el que vivíamos no sé cuántos miles de millones de personas padece fuertes convulsiones periódicamente. Probablemente, recordábamos el último gran ataque con el septuagésimo quinto aniversario del Día D, como hito de la reconquista de Europa por parte de los aliados. Pero, como un enfermos de epilepsia, los ataques se repiten con mayor o menor virulencia y nunca han desaparecido.

En la era digital y el sentimiento de vacío de miles de millones de personas, cada uno de nosotros tratamos de dar sentido a nuestra vida con más o menos acierto.

Ejemplos sobran. Barcelona-Catalunya-España. Llevamos ya una larga temporada bloqueados por el procés, que genera noticias que se queman en unos minutos porque aparecen otras que las pisan si piedad para seguir el mismo destino. Ocurrencias, declaraciones, ideas de bombero… nunca, leyendo y oyendo las noticias había vivido un ritmo tan trepidante.

Opinar sobre el día a día es arriesgado. Lo que se escribe se ve emborronando por la velocidad que los políticos tratan de dar a su juego, centrado en sobrevivirá corto plazo. Así lo demuestran Puigdemont, Torra, Pedro Sánchez, el Partido Popular con sus virajes al centro, el mareo ideológico de Cuidadanos… El “todo vale” ya no es propiedad exclusiva de nadie: todos lo han asumido como propio para alcanzar sus fines.

La Espi l’espai también ha pasado factura a la profesión. Cuando entre periodistas hablamos de la profesión soltamos lastres, vomitamos lamentaciones  estériles por la deshonra en que ha caído.

La crisis de las empresas de comunicación tradicionales, que buscan todavía cómo situarse en un momento en el que la tecnología ha cambiado las reglas del juego, los intereses partidistas y la falta absoluta de respeto a la verdad han rematado a la profesión. Basta hacer un recorrido diario por las diferentes cabeceras para comprobar que cientos de colegas se han convertido en meros altavoces de diferentes causas. Nada más. Información de usar y tirar para un consumidor que busca en sus medios amigos que le den la razón.

Es la gran derrota de la comunicación y de sus profesionales. El marketing ha entrado de lleno para remover sentimientos y agitar conciencias jugando con la poca memoria de la audiencia y realizando piruetas inauditas para el lector reposado y templado que contempla atónito el destrozo de lo que fue, en su momento, una profesión en la que grandes profesionales podían todavía ejercer con cierta independencia.

La epilepsia está ahí. No basta el ibuprofeno. Necesitamos algo más.

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