Preguntas sin responder sobre la gestión del coronavirus

Ante el aluvión informativo que nos avasalla, es necesario saber separar el polvo de la paja para hacer las preguntas adecuadas sobre la gestión de la crisis del coronavirus.

Lanzo aquí algunas:

  1. ¿Existe algún dirigente en activo preparado para dirigir España y sus CCAA?  Nuestro presidente, que no aguanta ni un minuto de hemeroteca, ¿está preparado para dirigir el país en estos momento cuando muchos albergamos dudas fundadas sobre si puede hacerlo en circunstancias normales?
  2. ¿Por qué hace semana se atenuó significativamente la gravedad de los efectos del COVID-19, cuando se conocía que iba a llegar a España –es más, que ya había llegado y no se adelantó la imposición de medidas para evitar el contagio masivo? ¿Fue la ideología, la economía, una mezcla de ambas…?
  3. Conociendo lo que estaba por llegar, ¿nadie se responsabilizó del abastecimiento de material sanitario?
  4. ¿Por qué nos produce tanto sonrojo contemplar la actuación del Gobierno y nos consuela ver que otros líderes extranjeros de países con “democracias avanzadas” –Reino Unido, Estados Unidos…– cometen los mismos errores?
  5. ¿Es sano continuar escuchando las “homilías” de Pedro Sánchez y los informes sobre la curva de Fernando Simón? ¿Nadie ha pensado en dimitir –qué ingenuo soy– y dar paso a otros más preparados?
  6. ¿Por qué se asumieron las competencias autonómicas sabiendo que el gobierno central no estaba preparado para dirigir y menos para coordinar un verdadero plan de emergencia.

Finalmente, para no alargar hasta el infinito la lista, ¿en algún momento podremos tomar la delantera o seguiremos reaccionando e improvisando?

Apelar a la unidad ya no sirve como táctica. Demasiados errores de bulto. Y ante este panorama, no hay nadie en la oposición –bueno, Torra hace sus intentos oportunistas– capaz de poner sobre la mesa propuestas sensatas. Todos culpables, por negligencia u omisión. Lo estamos pagando con vidas y lo pagaremos con una crisis económica.

Coronavirus: ¿en manos de quién estamos?

No fui capaz de soportar el sábado la reaparición del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Logró acabar con mi paciencia en apenas un cuarto de hora largo, larguísimo, en el que no logró articular una exposición medianamente coherente (ni siquiera podía con las concordancias lingüísticas) y exponer alguna idea o dato nuevo.

Se trató, en mi opinión, de un intento que se movía entre la autojustificación y el intento (inútil) de aglutinar en torno a su (supuesto) liderazgo a todos los españoles. Y, al día siguiente, una segunda dosis de vaguedades sensibleras sustentadas en un vació conceptual.

En este país somos muy poco exigentes con nuestros políticos. El sistema de partidos lo favorece, claro, aunque Sánchez se encaramó al la secretaría general del PSOE desafiando al aparato y a las vacas sagradas. Ese es su mérito y virtud: la perseverancia. Pero mirando a izquierda y derecha, a los que están en primera línea, en segunda, en Madrid o en Barcelona, Valencia, Valladolid o Galicia, a nadie con las condiciones necesarias para dirigir la nave en esta galerna que nos azota.

Como siempre dice un amigo, “mira los datos”. Y tiene razón, porque el dato no lo es todo, pero permite analizar con la cabeza fría el panorama y tomar decisiones. Después ya se aplican las correcciones necesarias, pero con buena información la estrategia cuenta con la solidez necesaria para tener más posibilidades de acierto.

La tormenta se acercaba y nadie hizo nada

Las crisis sanitarias en China e Italia ofrecían diferentes tipos de enfoques. China, como dictadura, ocultó información probablemente, al resto del mundo (por supuesto, también a los mil y pico millones de habitantes).

Pero Italia… Lo de Italia es diferente. De nuestros vecinos sí que se hubiera podido aprender, escarmentar en cabeza ajena y prepararnos para la tormenta. No lo hicimos y a la vista está. Esperamos. El Gobierno de España y los gobiernos autonómicos. Nos mintieron una vez más repetidamente.

Somos tan burros que esperamos que cayera el primer rayo y nos fundiera para tomar alguna medida. Y la previsión anunciaba tormenta, tormenta y de las que hacen historia. La borrasca se acercaba desde Italia y no supimos reaccionar para evitar el desastre.

Lo dicho. Decía mi abuelo, cuando veía las noticias, que España es un país de burros. Pues eso. Nunca se me ha olvidado y lo suscribo. No todo el mundo, puesto que gente que vale “haberla, hayla”, pero huyen de la política. Pues burros. Somos, efectivamente, colectivamente, un país de burros.

El futuro no pinta mejor

Nadie se atreve a pronosticar cuánto queda. Volviendo a los datos, que no son demasiado fiables por el caos de la gestión, ningún experto da un paso al frente para pronosticar en qué momento la tan manida “curva” de contagios tocará techo. Lo que parece cierto es que nos vamos a encontrar con un paisaje devastado y un horizonte muy sombrío, entre otras razones porque seguirán los mismos al frente de las instituciones.

Echo en falta a la oposición. Me parece correcto y necesario apoyar al ejecutivo de Sánchez, pero no deben entregarle un cheque en blanco. Su trabajo debería dirigirse a controlar las medidas que se están tomando, su eficacia, ejercer con sus preguntas incómodas la presión necesaria para que el Gobierno actúe con eficacia. Y no lo están haciendo. Odio esta expresión, pero con buenismo no se solucionan los problemas.

El [Estado | Genralitat] virus opresor

“Las calles serán siempre nuestras”, se han hartado de gritar miles de personas en Cataluña en los últimos meses, con el zumbido de fondo de los helicópteros tratando de controlar el movimiento de la masa “oprimida”. Este grito de guerra contra el “estado opresor” se ha extinguido en el momento en el que ha llegado un virus, un bicho microscópico que ha barrido las calles de muchedumbre y las ha llenado de silencio.

¿Un virus “opresor”? Sin ánimo de banalizar, el coronavirus (lo de corona, con el odio hacia el Borbón, no deja de tener gracia) ha reordenaos, de momento, las prioridades. En el momento en que su sombra se ha extendido, se ha confinado a miles de personas de un plumazo y no ha ardido ni un contenedor. Las calles son del virus.

De las portadas ha desaparecido “el tema”. El “maldito tema” que nos ha impedido en los últimos años levantar la cabeza del terruño y ver más allá del límite de nuestros exaltados sentimientos patrios o regionales. EEl COVID-19 nos ha quitado la barretina o la boina con una sencilla ráfaga de viento. Y lo mejor: sale a flote un sentimiento de unidad que recose el desgarrón del puñetero procés.

Incluso los partidos de ámbito nacional se han puesto de acuerdo en algo. Ante las ruedas de Sánchez vacías de periodistas y contenido, la oposición ofrece su apoyo casi sin fisuras (siempre hay espacio para colocar un reproche al Gobierno).

Bienvenida la unidad. Bienvenido el acuerdo. Bienvenida la reconciliación, parcial, que ha traído el bicho. El conocido enemigo exterior que aglutina a la población en torno a la autoridad, está, por desgracia, muy vivo. Pero siempre hay aspectos positivos que conviene subrayar. Seguiremos después de esta larga pausa. Total, las calles ya no son nuestras, son suyas, y estamos confinados. Aprovechemos el tiempo.

 

Un mundo epiléptico

El planeta en el que vivíamos no sé cuántos miles de millones de personas padece fuertes convulsiones periódicamente. Probablemente, recordábamos el último gran ataque con el septuagésimo quinto aniversario del Día D, como hito de la reconquista de Europa por parte de los aliados. Pero, como un enfermos de epilepsia, los ataques se repiten con mayor o menor virulencia y nunca han desaparecido.

En la era digital y el sentimiento de vacío de miles de millones de personas, cada uno de nosotros tratamos de dar sentido a nuestra vida con más o menos acierto.

Ejemplos sobran. Barcelona-Catalunya-España. Llevamos ya una larga temporada bloqueados por el procés, que genera noticias que se queman en unos minutos porque aparecen otras que las pisan si piedad para seguir el mismo destino. Ocurrencias, declaraciones, ideas de bombero… nunca, leyendo y oyendo las noticias había vivido un ritmo tan trepidante.

Opinar sobre el día a día es arriesgado. Lo que se escribe se ve emborronando por la velocidad que los políticos tratan de dar a su juego, centrado en sobrevivirá corto plazo. Así lo demuestran Puigdemont, Torra, Pedro Sánchez, el Partido Popular con sus virajes al centro, el mareo ideológico de Cuidadanos… El “todo vale” ya no es propiedad exclusiva de nadie: todos lo han asumido como propio para alcanzar sus fines.

La Espi l’espai también ha pasado factura a la profesión. Cuando entre periodistas hablamos de la profesión soltamos lastres, vomitamos lamentaciones  estériles por la deshonra en que ha caído.

La crisis de las empresas de comunicación tradicionales, que buscan todavía cómo situarse en un momento en el que la tecnología ha cambiado las reglas del juego, los intereses partidistas y la falta absoluta de respeto a la verdad han rematado a la profesión. Basta hacer un recorrido diario por las diferentes cabeceras para comprobar que cientos de colegas se han convertido en meros altavoces de diferentes causas. Nada más. Información de usar y tirar para un consumidor que busca en sus medios amigos que le den la razón.

Es la gran derrota de la comunicación y de sus profesionales. El marketing ha entrado de lleno para remover sentimientos y agitar conciencias jugando con la poca memoria de la audiencia y realizando piruetas inauditas para el lector reposado y templado que contempla atónito el destrozo de lo que fue, en su momento, una profesión en la que grandes profesionales podían todavía ejercer con cierta independencia.

La epilepsia está ahí. No basta el ibuprofeno. Necesitamos algo más.

PP y PDeCat, dos congresos muy distintos

Este fin de semana se han celebrado el congreso del Partido Pupular y el del PDeCat (que todavía sigue en ello) y me ha llamado la atención la diferencia en su desarrollo y en sus resultados.

El PP, que salió del Gobierno por la puerta de atrás sin ver venir una moción precocinada, podía haber elegido a la ex vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría como nueva líder del partido, lo que, en mi opinión, hubiera sido perpetuar su situación de bloqueo ideológico y electoral.

Rajoy y su equipo más cercano estaban quemados después de la crisis económica, de perder la mayoría absoluta y de enfrentarse en minoría a la crisis catalana. Me da la sensación de que perderé el poder ha significado para el PP una alivio para enfrentarse a sus problemas de corrupción y renovarse por completo si necesidad de cambiar sus siglas.

Pablo Casado recupera el perfil ideológico del partido y aporta, sobre todo, juventud e ilusión entre las bases del PP, algo que Soraya Sáenz de Santamaría no hubiera querido ni podido hacer.

La otra cara de la moneda es el PDeCat, que se ha echado en brazos de Puigdemont para ser devorado por la Crida, movimiento impulsado por el propio ex presidente y su sucesor, Quim Torra. Marta Pascal, hasta hoy coordinadora general de la jefa Convergència, no ha podido detener el rodillo que ha laminado al PDeCat confesaba ayer que titabal la toalla al no contar con la confianza de Puigdemont.

Al finalizar el congreso y tras haber puesto al mando a un nuevo títere, un tal Bonvehí, la antigua Convergència (eliminada por la sombra de la corrupción, que asomó con el Caso Palau y la crisis de los Pujol-Ferrusola) se disolverá en la Crida.

Un partido sale aliviado de la crisis en la que se había sumergido y otro se condena a la desaparción para continuar con un procés que todavía respira por obra y gracia de los intereses personales y particulares de Puigdemont y compañía.

Muchos de los procesados por corrupción del PP serán condenados –o no–, pero ya no mandan en el partido: están fuera. Si Casado acierta a renovar la estructura –y a resolver el asunto de sus estudios– contará con un partido reforzado en muy poco tiempo. Le queda la asignatura pendiente de Cataluña, en la que el nuevo presidente del PP debe todavía modular su discurso. Ayer se vino arriba y llegó a hablar de Tabarnia…

Al PDeCat no le queda futuro. Pasará a formar parte de un proyecto de urgencia montado por Puigdemont después de palo judicial que Alemania ha dado a Llarena. No hay ideas, únicamente el discurso nacionalista.

Llarena y la violencia de la rebelión

El portazo del juzgado alemán al Supremo tiene dos vertientes: Europa ha fracasado en el momento en el que la euroorden se ha tenido que aplicar en un caso sensible y Llarena ve cómo se tambalea la imputación del delito de rebelión a los líderes independentistas, así como su permanencia en régimen de prisión preventiva.

Me llama la atención que un país como Alemania, que prohíbe expresamente el derecho de un lander a proclamar su independencia o a romper con el marco jurídico vigente, no haya aceptado extraditar a Puigdemont por el delito de rebelión. De hecho, una instancia regional ha juzgado al ex presidente y le ha absuelto, pasando por encima de una instancia superior de otro país.

También es llamativo que en el Código Penal español no se tipifique como delito los sucesos que ha tenido lugar en Catalunya o que no se haya desarrollado legislativamente el artículo 155 de la Constitución.

Con estas lagunas jurídicas, la instrucción de Llarena ha buscado imponer el máximo castigo a quienes quebrantaron la legalidad repetidamente, pero sin encontrar un delito que asignarles. Quizá su empeño por justificar la existencia de violencia en los sucesos de septiembre y octubre del año pasado acabe perjudicando gravemente a la causa.

Si finalmente el Tribunal Supremo condena a los encausados, la consecuencia inmediata será una reacción antiespañola en España y en algunos sectores de la opinión europea, y la convocatoria electoral inmediata por parte de Torra-Puigdemont para obtener los réditos de la indignación ciudadana.

Y si los condenados recurren a Estrasburgo, el tribunal europeo condenará con toda seguridad al Estado Español. Todo sucederá al mismo tiempo que Pedro Sánchez intenta, con su exiguo apoyo parlamentario, desbloquear la situación “dialogando” con un Torra que insulta y desacredita a España en cada ocasión que tiene.

Qué torpeza tan grande la de Rajoy y Mas. Ahora el procés está herido, los independentistas divididos (ERC no se ha sumado a la Crida), pero continuará. Hubiera sido más sencillo desmontarlo comenzando por recordar que el independentismo, que se arroga la representación de lo que denominan “el pueblo de Cataluña”, no ha obtenido nunca la mayoría de votos en las elecciones.

En definitiva, nos esperan unos meses más de descontrol, porque no hay todavía en España ningún político con la altura de miras necesaria para cohesionar en torno a sí a las fuerzas políticas y buscar una solución real al problema de la España autonómica.

De momento, adiós al PDeCat y hola al nuevo PP. Dos congresos, un partido probablemente renacido de sus cenizas y otro muerto y enterrado.