Pablo, Pablito, Pablete

Así se refería José María García a Pablo Porta, cuando éste ocupaba la presidencia de la Federación Española de Fútbol. García disparaba con bala y bastante puntería, y quien se ponía a tiro acababa descabezado. Qué tiempos. Ahora que no hay fútbol (¡qué gran momento!), el espectáculo más popular lo monta Pablo Iglesias en el Congreso.

La cámara baja es más baja que nunca, tanto que recuerda a aquella de la II República, en la que se parecía más a un circo romano que a una sede parlamentaria. Y allí el emperador, el que señala con el pulgar si un gladiador palma o no, se llama Pablo Iglesias. Se mueve bien, azuza al personal y siembra de sangre la arena.

Dos veces en una semana. Cayetana Álvarez de Toledo ha sido su primera víctima, enredándose en la trampa que el vicepresidente preparó con su astucia habitual. La marquesa, que lo es, acabó ocupando los titulares de todos los medios con su respuesta a las provocaciones de Iglesias, que quedaron fuera de plano. Jugada maestra.

Y su segunda víctima ha sido Vox, esta vez en la comisión parlamentaria para la reconstrucción (uso minúsculas porque hace ya mucho tiempo que pienso que las comisiones son absurdas). Allí le bastaron dos intervenciones para sacar de quicio al veterano Patxi López y a los chicos de Vox. Y de reconstrucción nada, porque al líder de Podemos le dio la gana cargarse la comisión.

Pablo Iglesias se maneja bien en ambientes (y ha vuelto la maldita palabra) crispados. De casta le viene al galgo, y un tipo con su pedigrí llegó a la política bien preparado para montar saraos. Ya lo conseguía en los lamentables programas de La Sexta, dándose de tortas con Inda o Maruenda. Allí se forjó un nombre y una imagen que le auparían en las urnas.

Este chico es el puto amo. Perdonen la expresión, convertida en un clásico por Pep Guardiola en aquella rueda de prensa en la que coronó a Mourinho como rey de la provocación. Y lo es porque le dejan, quizás porque nadie todavía se ha tomado en serio la estrategia de Podemos ni ha dedicado un minuto a pensar en cómo darle pal pelo con cierta inteligencia.

De momento, Pablo, Pablito, Pablete está jugando, a mi entender, muy bien sus cartas, permitiendo que Pedro Sánchez se desgaste, castigando a la oposición y esperando su oportunidad. Sin alzar la voz. Sólo su mirada le traiciona, porque sus siseos demagógicos pueden engañar, pero la mirada no.

“El tonto Simón” suena de nuevo

Radio Futura (por si eres joven) fue un grupo de los ochenta, con un estilo peculiar no dejaba indiferente. Podía gustarte o no, pero sonaba distinto. Y una de sus canciones se titula “El tonto Simón”. En sus poco más de doce años de trayectoria, este tema sonó miles de veces en España y aun hoy se encuentra en cualquier servicio de música en estríming o “bajo demanda”.

Ahora, recién estrenado el segundo decenio de este siglo, Simón, el nombre Simón, suena miles de veces al día en España. Es el apellido del nuevo rey león de La Moncloa, que aparece con su aspecto cuidadamente descuidado every day en la tele, desde hace semanas, para explicar cuántos se han quedado por el camino por la epidemia del coronavirus.

Solamente unos pocos conocen cuánta verdad ha deslizado en sus apariciones diarias; mi sensación es que poca. Sin embargo, en ocasiones, se le escapa. Esta semana, por ejemplo, sobre el uso obligatorio de las mascarillas, soltó una: ahora sí, porque haberlas, haylas. Claro, antes no, porque no las habíalas. El español medio se trazaba una ruta de farmacias tras una de ellas en pleno apogeo del virus y, efectivamente, no habíalas.

Este tonto Simón ha logrado obtener un récord que únicamente parecía estar al alcance su de jefe y presidente del Gobierno: en el escaso tiempo –aunque parezca una eternidad– que hace que ha aparecido en nuestras vidas, ha acumulado tantas contradicciones que me pregunto cómo descubrir cuándo dice verdad. Tal vez lo de hace tres semanas era cierto y lo de hoy no. O… ¿viceversa?

Viceversa o no viceversa, el tonto útil Simón se planta ante el micrófono para defender a un gobierno sin credibilidad. Nació sin ella y no ha hecho sino confirmar que la palabra dada se la lleva el viento y que al pobre Diego de donde dije digo lo han agotado por exceso de uso.

“Eres tonto, Simón”, cantaba el vocalista de Radio Futura, Santiago Auserón. Eres tonto Simón. Eres EL tonto, Simón. El tonto útil, el juguete que acabará roto, si no al tiempo. Más pronto que tarde. Te plegaste a contar cuentos “bajo demanda” de tus jefes y acabarás, tras tu largo minuto de gloria, en el cubo de la basura de la política. Por el bien de todos, esperemos que sea, lo dicho, más pronto que tarde.

¿Periodismo? ¡Es propaganda, idiota!

Los medios tradicionales, que están intentando todavía saber qué quieren ser de mayores, han sido en su época dorada y continúan siendo cadenas de transmisión de intereses diversos. Y sin pudor. Como ya no lo compro en papel, no sé si El País continúa luciendo en su cabecera el cínico “Diario independiente de la mañana”.

Sin embargo, la prensa, incluso en sus formatos digitales, intenta guardar –aunque toscamente– las formas. Son los medios digitales nativos los que suelen descaradamente defender posiciones determinadas, tratando con menos éxito definirse como medios de comunicación serios y con información de calidad.

Los hechos son sagrados, las opiniones libres, creo que decían en La Vanguardia. Bien, pues ya no hay hechos sagrados ni opiniones libres. Se han diluido las líneas divisorias de los géneros periodísticos: ya no sabes qué tipo de pieza estás leyendo, da igual la sección en la que se encuentre.

Entre mis rutinas se encuentra revisar la prensa app rímela hora de la mañana, café en mano. Comienzo por visitar los medios con los que menos afinidad tengo, continúo por aquellos que me disgustan menos y finalizo con un paseo por aquellos que no me cuesta especialmente leer. Debo confesar que se me cae el alma a los pies.

La selección de noticias de principales y de titulares ya te da una idea de por dónde ataca cada uno los asuntos del día. El orden, la disposición, la adjetivación, las imágenes… El conjunto visual ya es una declaración de intenciones.

Un titular basta para convertir una información o noticia en opinión. Basta añadir un adjetivo para orientar al lector. Una fotografía bien seleccionada también define el tono de la noticia. Todo influye. Por supuesto, también las ausencias clamorosas o los silencios estruendosos.

Los textos, lleven firma o no, convierten al hecho noticiadle en una toma de posición en favor o en contra. Quizás hace unos años de un modo sibilino. En la actualidad, parece que no importa. A por la pieza de caza. A por el ciervo de doce puntas.

Los intereses de las empresas periodísticas siempre han existido. Lo que pido, por favor, a mis supuestos colegas, es que traten de ser un poco más sutiles. Que porque estén publicando en formato electrónico, el lector, aunque sea absolutamente un hooligan de la línea editorial del medio, merece todavía un respeto.

¿Por qué se nos ablanda la sesera con los políticos?

Realmente, tiene mérito lo de los españoles. Les perdonamos todo. Hace unos días publicaba un post en el que explicaba que somos muy poco exigentes con nuestros políticos. Algunas conversaciones de estos días me reafirma en esta convicción.

“Era muy complicado prever lo que se nos venía encima”. Este es un resumen de lo que algunos conocidos comentan, disculpando o suavizando la responsabilidad de nuestros dirigentes en la gestión de la crisis.

¿Cierto? ¿Era imposible prever lo que ha sucedido? Puedo conceder que las magnitud que ha alcanzado la tragedia era para todos inimaginable, pero el Gobierno, el Govern y todas las administraciones supuestamente bien informadas habían recibido suficiente información para saber qué el COVID-19 era algo más que una amenaza difusa, especialmente cuando en Italia ya estaba haciendo estragos.

Precisamente, este argumento de descargo de responsabilidad no resiste la comparación con las medidas que otros países como Portugal tomaron antes y mejor, con excelentes resultados.

Pero no señalo al Gobierno actual. También a las administraciones autonómicas, locales, a la oposición… Todos continúan demostrando una falta de competencia muy preocupante. Dicho de otra manera, son incompetentes, en el sentido estricto del término. No hay en España ningún político preparado para gobernar. Y no se observa tampoco a ningún político que a su incompetencia no sume un peligros tacticismo demoscópico que les hace improvisar continuamente. En otras palabras, gobiernan para ganar elecciones, en el caso de los que mandan (ejemplo claro son los gobiernos de coalición de Madrid o Catalunya) y se oponen para desgastar al gobierno de turno los que ocupan un escaño en los diversos parlamentos.

Alguien me puede reprochar que soy demasiado estricto. Bien, ¿quién dijo que iba a ser fácil? Necesitamos a los mejores y resulta que los mejores no están ni quieren estar.

Desfasando el coronavirus

Hace días que quiero escribir algunas ideas sobre el momento que vivimos en España y el mundo, pero resulta complicado filtrar la cantidad de información que circula por medios de comunicación y redes sociales.

Es obligatorio procesarla y buscar fuentes fiables, y el problema es que el respeto por la verdad ha desaparecido por completo. Pero alguna cosa he sacado en limpio, contactando con personas que explican lo que han vivido.

-El Gobierno disponía de toda la información necesaria para prepararse ante la epidemia. Habrá que exigir que responda ante todos los españoles por qué se retrasaron todas las medidas preventivas, confinando a 47 millones de personas cuando el virus ya se había expandido por toda España.

-El sistema sanitario sí se ha colapsado en algunas áreas. Es un hecho. Por mucho que se empeñen en decir que no, a muchos nos consta de primera mano cómo se ha vivido en hospitales y residencias una crisis sin precedentes, que ha obligado a seleccionar pacientes. Se ha dado directrices que impedían, por ejemplo, trasladar a un hospital a ancianos, dejándolos en sus residencias. En los hospitales, los profesionales, en el mejor de los casos, han pasado de un lado a otro de los límites de la ética en el llamado triaje: decidir a quién se le pone el respirador y a quién no.

-Centralizar la gestión de la crisis ha sido un desastre. En estas circunstancias, con un gobierno recién constituido y transferida la sanidad desde hace años, acaparar el poder de decisión en un mando único ha sido temerario. Un ejemplo es el caos en la adquisición de material sanitario. La OMS había advertido de la necesidad de aprovisionarse de desinfectantes, mascarillas, equipos de protección… Y la opacidad del Gobierno en sus explicaciones sobre los lotes de mascarillas inútiles da fe del fracaso de la centralización.

-A pesar de la confusión en la gestión de datos, los cambios en los modos de contabilizar contagiados y fallecidos, parece que España, por desgracia, se lleva el premio en número de fallecidos por habitante. En la entrega de trofeos a la incompetencia no sólo (reivindico la tilde en sólo) deberán estar los gestores del gobierno central: habrá también medallas para los presidentes y consejeros autonómicos, alcaldes y otros implicados en la gestión de la crisis.

Impresiones

-Nos hemos acostumbrado a respirar hondo y relajarnos cuando escuchamos que los fallecidos en un día ya son menos de 200… Bien, ya se ve que nos acostumbramos a todo, porque cada uno de los fallecidos es una persona única, con una familia única. No sirve empaquetar el dato y venderlo como un éxito.

-Parece que médicos e investigadores de todo el mundo van conociendo mejor cómo es y actúa el virus. Además de los avances para el descubrimiento de una vacuna, creo que es especialmente interesante observar de qué modo se afina y mejora el tratamiento de los nuevos pacientes.

-Por desgracia, estamos en manos de una clase política que carece de la capacidad necesaria para gobernar en función del interés público. Creo que, por si alguien albergaba alguna duda, lo que prima en la actuación de los políticos es el interés propio: nos gobiernan con la vista puesta en las encuestas. Hace años que el sistema de partidos han desvirtuado la política y ningún personaje del panorama político actual reúne las condiciones para asumir la responsabilidad de dirigir un país. Para mayor desgracia, no es un fenómeno aislado. Basta con levantar la vista y observar a nuestros vecino para constatarlo.